Ruta de los Vencidos

lunes, 12 de enero de 2015

Recuerdos de mí Infancía.


CINCUENTA AÑOS DESPUÉS

“Parte de mi vida” – 04 agosto 2018

He visitado el Higuerón, suburbios donde me crié, donde mis padres emigró buscando dónde comer.

Me atiende un amigo de la infancia, que  por sorpresa su distraída tarea cotidiana; me mira pensativo y le sonrío, buscándonos de nuestros mayores el parecido.

Los niños dejaron de sonar las panderetas, y aquellos instrumentos de chapas de cervezas que aplastaban las ruedas de vagones al hacer sus maniobras.

Parece no haber pasado el tiempo y apenas quedan huellas de lo existido. Dejo que germinen los recuerdos jugando por sus callejones igual que cuando era niño, reprochándome a mí mismo la ausencia de aquel lugar.

El silencio sepulcral que me rodea roto por la máquina de un tren desvencijado y viejo que regresa de hacer sus maniobras en vía muerta.

Un humo negro y gris cubre las pobres techumbres de las chozas, penetrando por las desnudas paredes de adobes, cartones y maderas rotas.

En mis retinas una vez más el catalán pasa de prisa dejando madres y novias llorando en el andén, y apenas se aleja el temblor bajo la tierra negra que mis pies pisan.

 

Suena la sirena en los Certales S.A. (fábrica). Los hombres son dispuestos al registro y sin cambiar el paso. A las puertas ordenan su equipaje sin antes ser atropellados por un grupo de niños que piden pan al darse con la calle.

Busco la estación del ferrocarril, donde los trenes se disponían para el largo y agónico trayecto, lleno de hombres que no cabían más, con buenas voluntades de esfuerzos, escasos de luz y de esperanza.

Un cuarto de vino de casa Juan José, del Rosal o de Contreras, hacían más llevadero el estío de las tardes de tertulias, degustando unas aceitunas zapateras.

Y sigo buscando por aquel Burro de Oro, por donde jugábamos con aquellos patinetes, y no veo al cacharrero bajar su mercancía protegida por juncias de los ríos y lagunas.

Recuerdo a la trapecista (Mis Mara) y sus hermanos, meciéndose en aquellos trapecios y maromas, donde contemplábamos a aquellos muchachos cómo caminaban por aquellos cables de acero, equilibristas de la vida y de la muerte.

Siento en mis manos la cadena de aquel brocal del pozo que baja sin tregua, partiendo el espejo profundo de aquella agua fresca y cristalina, nevera para el melón y la sandía.

Se han borrado las veredas al filo del arroyo, el té que cubría sus orillas a tomado por otros causes-


Para El Rincón Donaire biznieto de Juan José, quien regentó aquel bar en El Higuerón, donde la vida se servía entre palabras sencillas y silencios compartidos.

Hoy, esta poesía vuelve al origen, como un susurro que atraviesa el tiempo, como un regalo que no se esperaba, pero que encuentra su lugar.

Que este rincón tuyo, lleno de memorias nuevas, abrace también las antiguas, y que esta página sea testigo de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que aún queda por contar.

El Poeta Juanillo Trastea. octubre2026.