Ruta de los Vencidos

domingo, 24 de enero de 2010

PUBLICO.ES La izquierda reivindica a los abogados de Atocha

La izquierda reivindica a los abogados de Atocha


El presidente del Congreso recuerda su legado en el 33º aniversario de la matanza que ayudó a impulsar
 
JUANMA ROMERO - Madrid - 24/01/2010 00:30



Ellos nunca quisieron ser héroes. Ni quizá ser recordados 33 años después de su muerte. Pero contribuyeron a la democracia, la impulsaron. Y esa balbuceante democracia les pagó aquel 24 de enero de 1977 con la sangre. Fueron ellos, los cinco abogados laboralistas del despacho de la calle de Atocha, 55, asesinados a balazos por la ultraderecha, unos protagonistas cruciales de la Transición. Las víctimas que despertaron a España de la parálisis, que demostraron que el PCE podía salir de la clandestinidad a la legalidad sin que se moviera una sola hoja.


Héroes anónimos, porque pocos sabrían hoy reproducir sus nombres: Luis Javier Benavides, Serafín Holgado, Ángel Rodríguez, Javier Sauquillo y Enrique Valdelvira. Menos aún los de los cuatro supervivientes de la matanza, Miguel Sarabia, Luis Ramos, Lola González y Alejandro Ruiz-Huerta. Estos dos últimos son los que todavía viven.

La fundación homenajea a los letrados que ejercieron la acusación de las familias de las víctimas, como Bono

El tributo se repite año tras año. Siempre. “Si el eco de su voz se debilita, pereceremos”, decía el poeta francés Paul Éluard, lema hoy de la Fundación Abogados de Atocha, la encargada de velar por su memoria y de premiar a los que combatieron el franquismo. Ayer se sucedió el rito. La fundación y Comisiones Obreras homenajearon a los letrados que ejercieron la acusación particular en el juicio de los héroes de Atocha –fueron ocho, murieron ya dos–, en 1980, y Justicia Democrática (JD), la asociación de jueces que denunció los crímenes de la dictadura en sus últimos años de vida y que más tarde daría lugar a Jueces para la Democracia.

Ellos, y tantos otros, actuaron de “camilleros de la democracia”. Una expresión del histórico comunista Simón Sánchez Montero que ayer rescató Antonio Rato, uno de los ocho abogados que intervinieron en el pleito. Otro fue José Bono. El hoy presidente del Congreso abundó en esa idea, cómo el verdadero protagonista de la Transición fue “el pueblo español”. “Los abogados de Atocha eran del PCE, eran abogados de España”.

Bono ahondó después en la personalidad de Benavides, a cuya familia representó: "Luis Javier tenía muchas identidades. Fue comunista, de CCOO, cristiano, hijo de un registrador de la propiedad y nieto de un general franquista, y se puso del lado de la verdadera causa de la política". Fue uno de los que lucharon “por la libertad y la igualdad”, elogió."Son, somos, los protagonistas de la Transición", asumió Alejandro Ruiz-Huerta, víctima y hoy presidente de la Fundación Abogados de Atocha.

Cristina Almeida, una ex del PCE y de IU, también se sentó en la vista. “Entramos a aquel juicio sabiendo que habíamos perdido. Habíamos perdido a cinco camaradas. No lo superaremos nunca”. No intervinieron, pero sí recogieron la placa con el relieve de la obra El abrazo de Juan Genovés los letrados José Luis Núñez, José María Mohedano y Jaime Sartorius. José María Stampa y Jaime Miralles ya fallecieron.

«Fueron los camilleros de la democracia», recordó Antonio Rato,

que representó a uno de los supervivientes

Aquel pleito marcó época. Lo resumió el director de la fundación, Raúl Cordero: "Fue el primer juicio contra el franquismo". Todavía algo más, le replicó José Antonio Martín Pallín, hoy magistrado emérito del Tribunal Suprema y en los setenta miembro de Justicia Democrática: “Fue el primer y el último juicio al franquismo. No ha habido más. Por eso me causa sonrojo que un juez de la Unión Europea esté siendo perseguido por abrir una causa que en Alemania e Italia se hizo hace mucho tiempo. Este país es incapaz de hacer justicia al pasado. La memoria histórica parece más bien una facultad de la mente que se incumple reiteradamente. Quiero pedir perdón por la parte que me toca”. El auditorio le arropó con un aplauso. Todo el mundo captó la defensa cerrada a Baltasar Garzón, el juez de la Audiencia Nacional al que no le dejan ajusticiar el franquismo.

El poeta y el falsificador

Domingo Malagón y Marcos Ana recibieron los premios 2010 de la fundación. Dos camilleros más. Uno, el artista que falsificó todos los documentos de los dirigentes del PCE, al que el régimen nunca cazó. No pudo recoger su premio por enfermedad. Como relataba ayer su hijo, empleaba una media de 16 días para crear un papel falso, "todos a mano". "Dentro del partido él mismo era clandestino. Sólo cuatro o cinco personas sabían en el PCE quién era y qué hacía". Era imprescindible para que el franquismo no le diera muerte.

Otro, Marcos Ana, el poeta comunista que pasó 23 años recluido en cárceles de la dictadura, de los 19 a los 42 años. El hombre lúcido que prometió ayer seguir luchando “hasta la victoria final del socialismo”, el hombre que pidió no olvidar: "El mejor legado es que se conozca qué ha pasado en nuestro país. Hay que pasar página, pero después de haberla leído". El canto de Miguel Hernández, Para la libertad, sigue latiendo. Aún 33 años después.

miércoles, 6 de enero de 2010

UN NUEVO LIBRO AROJA NUEVOS DATOS SOBRE LAS CIRCUNTANCIAS DEL CRIMEN DE GARCIA LORCA

  
El País, FERNANDO VALVERDE - Granada - 10/12/2009
Un libro arroja nuevos datos sobre las circunstancias del crimen - La fallecida actriz Emma Penella revela detalles de la implicación de su padre en el fusilamiento
En la madrugada del 18 de agosto de 1936, Federico García Lorca fue fusilado junto a un olivo en la carretera que une las localidades de Víznar y Alfacar. Se trataba del final de una historia llena de rivalidades políticas en la ciudad en la que habitaba "la peor burguesía de España", como dijo el poeta. También fue el comienzo de otra historia plagada de silencio, un tiempo de fosas cerradas sobre las que se dejaban piedras, desmemoria y vergüenza.
Sobre el antes y el después del fusilamiento, el investigador Gabriel Pozo aporta nuevos datos en su libro Lorca, el último paseo (editorial Almed), que se distribuirá en pocos días. Si los investigadores lorquianos habían tenido acceso a una parte importante de los testimonios que eran útiles para la reconstrucción de lo sucedido, uno de los principales actores, Ramón Ruiz Alonso, guardó silencio casi hasta su muerte, con la excepción de alguna entrevista con historiadores. Ruiz Alonso es, para la mayor parte de las fuentes, el responsable de la detención y el fusilamiento del poeta. Unos días después de la muerte de Franco huyó a Estados Unidos, pero antes explicó el porqué de su viaje a su hija mayor, la actriz Emma Penella.
El libro incluye el testimonio de Penella, que dejó a su autor una carta firmada en la que da fe de la autenticidad de sus declaraciones, con las que siembra no pocas dudas sobre las circunstancias de la muerte del poeta. Penella pidió que sus declaraciones no fueran publicadas hasta después de su muerte. La actriz falleció en agosto de 2007.
"Mi padre quiso que yo supiera toda la verdad antes de morir", explicaba la actriz, que conoció en el transcurso de una fiesta la implicación de su padre en el asesinato de Lorca: "¡Quién se habrá creído que es, si es la hija del que mató a García Lorca", dijo alguien a gritos tratando de humillarla. Al saberlo, su padre se aisló en una habitación. Nunca volvió a mencionar el tema hasta que decidió huir de España, y se sinceró con su hija.
"Al comenzar la guerra la situación era muy confusa. Queipo de Llano estaba al corriente de lo que pasaba con Lorca. Llamó a Granada porque antes lo habían llamado desde el Gobierno Civil para consultarle y ordenó que dieran un gran susto al poeta para que confesara todo lo que sabía de Fernando de los Ríos y firmara una denuncia contra él", explicó la actriz.
Por tanto, la detención de Lorca habría sido el último intento de localizar a Fernando de los Ríos. "Él era el pez gordo que buscaban", declaró. ¿Y cómo sabían que Lorca estaba escondido en casa de los Rosales? La versión oficial mantiene que fue su propia hermana la que confesó en la Huerta de San Vicente, al venirse abajo en uno de los registros, y al tratar de proteger a don Federico, su padre.
Sin embargo, la versión de Ruiz Alonso en boca de Penella, suena muy distinta. "El mayor de los Rosales le dijo a mi padre en un desfile de falangistas que Lorca estaba en su casa. Le comentó que no estaba de acuerdo en que estuviera invitado y que él procuraba no ir mucho porque quería que se fuera". Tras esta conversación, Ruiz Alonso informó a los jefes de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) y decidieron "darle un escarmiento al niño mimado de Fernando de los Ríos".
El relato de Penella también dista mucho de la versión oficial en lo relacionado con la detención, que no se habría producido en la casa de la calle de Angulo con un amplio despliegue de hombres armados. "Acudió con el mayor de los Rosales. Mi padre no sacó a Lorca de la casa de los Rosales, fue entregado por el hijo mayor y se lo llevaron al Gobierno Civil sin esposar ni nada". Después se produjo el fusilamiento, que Penella achaca a la lucha por el poder entre la CEDA y Falange. De esta última eran miembros destacados los Rosales, a los que se quiso desprestigiar con la muerte del poeta. "García Lorca no fue sino el despojo que dos perros rabiosos trataban de arrebatarse", explica Gabriel Pozo en el libro.
Cuando triunfó la sublevación militar, los aplausos recibidos por Ruiz Alonso por deshacerse del poeta se convirtieron en rumores que aullaban como lobos. "Mi padre firmó la denuncia junto a otros pero él dio la cara, después no se escondió, era un hombre echado para adelante, con coraje. En la denuncia se afirmaba que Lorca era el secretario de Fernando de los Ríos y que era muy rojo".
Al acabar la guerra, Ruiz Alonso recibió una llamada telefónica inquietante. "En el extranjero habían empezado las quejas por lo que había ocurrido con Lorca y el asunto irritó a Franco. El caudillo quiso saber lo que había pasado y llamó a mi padre".
Desde entonces, nunca más se habló del tema. Se destruyeron todas las pruebas y cualquier rastro que pudiera aportar luz al asesinato de Lorca y Ruiz Alonso empezó a temer por su vida. "Es muy posible que la policía lo tuviera controlado, quizás tuvo miedo a que le hicieran algo si hablaba. Cargó con las culpas de todos, purgó su pena en vida, durante casi 40 años de abandono y soledad", contaba Emma Penella.
Al rompecabezas inacabado de la historia, Gabriel Pozo ha sumado nuevas piezas. Una de ellas es una fotografía inédita en la que puede verse a la cuadrilla de enterradores que trabajaban en Víznar. La fotografía está tomada en la finca Las Colonias, a pocos metros del barranco, donde García Lorca pasó sus últimas horas esperando a ser fusilado. Agachado, con una niña en los brazos, puede verse a Manolillo El Comunista, el joven que indicó a Gibson el lugar donde supuestamente enterró con sus manos al poeta. "Manuel Castilla señaló una fosa situada en el lugar en el que hoy se está excavando. Sin embargo, después confesó a otros que no estuvo allí el día del fusilamiento y que a Gibson le señaló el primer lugar que se le ocurrió", explica Pozo, convencido de que no van a encontrar los restos del poeta. Según el investigador, la decisión de Franco de sepultar todo lo relacionado con el asesinato se llevó a cabo hasta sus últimas consecuencias.
Agustín Penón dejó en sus apuntes una anotación muy inquietante. Se trata de una conversación que tuvo con Antonio Gallego y Burín, alcalde de Granada durante la Guerra Civil y parte de la dictadura. El investigador escribió en sus libretas: "El lugar de la tumba en Víznar había sido cambiado por orden de las autoridades, que temiendo las consecuencias de aquel asesinato decidieron ocultarlo para impedir que pudiera convertirse en un arma propagandística de enorme valor para el bando republicano".

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